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¿Por qué competencias ciudadanas en Colombia?

Apuntes para ampliar el contexto de la discusión sobre estándares y pruebas, que en competencias ciudadanas ha empezado a construir y aplicar el Ministerio de Educación.

Antanas Mockus*

El país necesita buenos ciudadanos y necesita saber si sus colegios están ayudando a formarlos; por eso hay que ocuparse de las competencias ciudadanas en Colombia.

Muchas de las innovaciones pedagógicas apuntan a formar mejores ciudadanos; pero, para poder valorarlas hay que preguntarse qué es la ciudadanía. Estas son algunas ideas al respecto.

La ciudadanía es un mínimo de humanidad compartida. Cuando decimos que alguien es ciudadano, pensamos en aquel que respeta unos mínimos, que genera una confianza básica. Ser ciudadano es respetar los derechos de los demás.

El núcleo central para ser ciudadano es, entonces, pensar en el otro. Se basa en tener claro que siempre hay un otro, y tener presente no sólo al otro que está cerca y con quien sabemos que vamos a relacionarnos directamente, sino también considerar al otro más remoto, al ser humano aparentemente más lejano -al desconocido, por ejemplo, o a quien hará parte de las futuras generaciones. Todos podemos reconocernos como compañeros de un camino bien largo.

Asimismo, ser ciudadano implica que se está a favor de los procesos colectivos. Ciudadano es el que se asocia, se organiza con otros ciudadanos y emprende acciones colectivas en torno a objetivos y tareas de interés común.

Pero el ciudadano también se define por su relación con el Estado. Uno es ciudadano de un país específico con unas normas establecidas por un Estado específico. Cuando se habla de las consecuencias, un ciudadano no sólo mira las consecuencias para unos, sino para todos. Uno se vuelve ciudadano, por ejemplo, cuando entiende que los tributos, los impuestos, o son un acto de solidaridad con quienes tienen menos, o sirven para el bienestar común.

Uno se vuelve ciudadano, se funda como ciudadano, cuando ante argumentos sólidos, convincentes, que comprometen, sacrifica un interés propio -por valioso que sea- en función del interés de la totalidad o de lo universal. Cuando Sócrates decide no escapar y más bien cumplir la sanción de los jueces, da una lección inaugural de ciudadanía. Ser ciudadano es respetar lo público.

Y también uno es ciudadano cuando mide las consecuencias de sus comportamientos en el largo plazo, y logra evaluar acciones, normas y consecuencias.

Formar un ciudadano

Ser ciudadano es terriblemente complejo; requiere, además de habilidades, conocimientos, actitudes y hábitos colectivos. Uno se hace, no nace ciudadano, y para ello desarrolla unas habilidades y unos referentes; hay experiencias que marcan. La gente aprende a ser buen ciudadano en su familia, en su vecindario, con su grupo de pares y, obviamente, en el colegio.

La institución educativa no es solamente un lugar que prepara para la convivencia sino donde es posible ejercerla. Y convivencia no es sólo ausencia de violencia.

Ahora bien, un buen estudiante en lenguaje, ciencias y matemáticas no es automáticamente un buen ciudadano. Sin embargo, su sensibilidad a lo universal y a la fuerza del argumento puede ayudarle a serlo. Las competencias son conocimiento hecho práctica; las más bellas son las integradoras, pues combinan conocimiento, emoción y comunicación, y ayudan a romper la supuesta dicotomía entre las razones y las emociones.

También se busca encontrar y fortalecer en cada cual sus mayores habilidades para convivir (puede haber varios estilos de buenos ciudadanos). Y se busca construir, entre todos, los elementos comunes y las soluciones comunes a fenómenos aparentemente muy distintos (las distintas violencias, la corrupción, los descuidos).

Un buen ciudadano, un ciudadano competente, es quien sabe y tiene un conjunto de habilidades, conocimientos, disposiciones y actitudes favorables al desarrollo de la ciudadanía, que facilitan y propician su propia participación como ciudadano y también, los procesos colectivos de construcción de ciudadanía.

Construir ciudadanía

El concepto de ciudadanía da criterios para evaluarse, para evaluar a los demás, para exigirse y para formarse expectativas. Se busca que el ciudadano se examine, piense, se autoevalúe, se autorregule, participe y acuerde. Parte de la construcción del ciudadano es poder ejercer la ciudadanía y realizar acciones que la desarrollen, adquirir la identidad de ciudadano y aceptar que, como tal, tiene los mismos deberes y los mismos derechos de otros ciudadanos.

Nuestra sociedad está construyendo muy rápidamente esquemas de igualdad, nuevos principios de equidad; descubre libertades, fomenta mecanismos de movilidad social. Así se desploman los mecanismos de autoridad jerárquica tradicional. Ya no por ser quien eres tienes privilegios frente a los demás. Y nos queda la bellísima tarea de respetarnos todos reconociendo nuestra igual dignidad humana y nuestras diferencias.

Algunos de nuestros principales problemas son el uso de la violencia, la tolerancia a la violencia, la corrupción y la resignación ante la corrupción, un tema que deben enfrentar los educadores y la educación. El problema se agrava cuando el sistema educativo aparta su mirada del problema. El solo hecho de callarlo o ignorarlo, significa una dolorosa y costosa resignación. Contra la violencia y la corrupción no basta un Estado efectivo.

El núcleo del problema nacional de violencia puede estar en la mezcla de "fue-ques", absolutamente flojos, con razones nobles para desobedecer la ley; la idea misma de que puede haber razones nobles para desobedecerla (desobediencia civil) conlleva riesgos. Muchos de los dilemas son entre ley y moral; sin embargo más allá de casos bastante obvios, que aceptaría el juez o la Corte Constitucional, la autonomía moral no puede llevar a relativizar el deber de cumplir la ley. En cambio, la tensión entre ley y moral puede y debe generar debates públicos y procesos democráticos para reformar eventualmente la ley.

El tema del respeto a la gente que pueda tener condiciones distintas es importante y complejo. La Constitución abrió mucho espacio a la autonomía personal y a la diversidad cultural; convivir es tolerar. Sin embargo en esa tolerancia hay que descubrir qué es lo no tolerable. Y la ley ayuda a reconocer esos límites con precisión.

La convivencia no es sólo ausencia de violencia. Para que no haya violencia, hay una serie de procesos que tienen que tener lugar:

  • Se celebran, se cumplen y se reparan acuerdos. Cada acuerdo es como un ser vivo que hay que cuidar y cuya claridad y continuidad debe ser verificada una y otra vez.
  • Se siguen normas por autorregulación, por mutua regulación y también por sistemas formalizados de sanción (con garantías para los incriminados). Las tensiones entre lo que se dice de las normas, lo que se hace y cómo las normas se aplican, pueden ser comprendidas o mejoradas escolarmente. Tenemos que aprender a meter el gol, pero corriendo dentro de la cancha, siguiendo las reglas del juego. No podemos hacerlo tomando el balón con la mano o acuchillando a los defensas del equipo contrario.
  • La confianza recibida es muy placentera y alimenta el compromiso de cumplir.

Asimismo, uno esperaría que el ciudadano entienda cuál es la lógica del castigo, por qué y cuándo se hace necesario y cuándo, por qué y bajo qué condiciones la sociedad puede sancionar culturalmente a alguien (o una de sus organizaciones especializadas puede hacerlo jurídicamente). Uno esperaría también que los ciudadanos reflexionaran sobre la frase escrita por Estanislao Zuleta en los 70: Si ustedes no quieren una sociedad llena de cárceles atiborradas de presos, aguanten grandes sentimientos de culpa.

Con las competencias ciudadanas pasa algo similar a lo que ocurre con la educación sexual: resulta imposible no referir el tema a la propia experiencia. Por lo pronto, cada uno de los miembros que compone la comunidad escolar podría empezar por preguntarse: "¿Cuál es mi mayor orgullo en la vida?; ¿cuál es el conflicto más grande que he tenido y el que mejor he resuelto?".

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Altablero No. 27, FEBRERO-MARZO 2004
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