Fecha de publicación:Viernes, 02 de Diciembre de 2011
Medio que publica:El Colombiano de Medellín
Sección:Columnas opinión
Género periodístico:Opinión
Autoría:Columnista
La gran perdedora: Por Diego Palacio

Opinión
Internet
Autor: Diego Palacio B.

El Gobierno o la Ministra no fueron los que perdieron con el retiro del proyecto de reforma a la educación; la gran perdedora es la democracia representativa.

En los últimos días observamos, en varios países, movimientos sociales y políticos que han llevado al gobierno a suspender algunas decisiones anunciadas o tomadas. El proyecto de reforma a la educación o la terminación de la tabla de fletes son algunos ejemplos.

Mientras tanto, muchos analistas se han dado a la tarea de identificar a los ganadores o perdedores en cuestión. Una evaluación que sería válida si aceptáramos que los movimientos son aislados, y no constantes como últimamente está ocurriendo. De hecho, podríamos pensar que estas manifestaciones son un síntoma de la profunda transformación que se está dando dentro de la sociedad y que pueden modificar las instituciones democráticas con las que hemos convivido en las últimas décadas.

Representan un profundo enfrentamiento entre la democracia representativa y la inexplorada democracia participativa en Colombia. Recordemos que la tradicional democracia representativa es aquella en la cual los elegidos (bien sea del Ejecutivo o del Legislativo) son los representantes de la sociedad y están autorizados a transformar, mediante decisiones gubernamentales o leyes, aquellas situaciones que no beneficien a la sociedad en general. Los movimientos a los que hacemos referencia, le pusieron límites a la democracia participativa. De seguir así solo serán tramitadas aquellas propuestas que cuenten con el apoyo popular, lo cual es muy bueno para unos temas y por lo menos cuestionable para otros. Por ejemplo, no hubiera pasado la ley que les da pasaporte diplomático a los congresistas, pero tampoco tendría ningún futuro una reforma pensional que, como todos sabemos, es necesaria y urgente, sobre todo cuando se piensa en las futuras generaciones.

La crisis de la democracia representativa se ve acelerada y acrecentada con la pérdida de protagonismo de las grandes y tradicionales instituciones como la Iglesia o los sindicatos, que ya no desempeñan ese papel de integración y de intermediación social a los que nos tenían acostumbrados. A lo anterior le debemos sumar la crisis de los partidos y la dificultad de transformar la representación local, que lamentablemente se encuentra en manos de empresas electorales que dificultan la innovación.

Como reacción a éstas y otras situaciones, la población, haciendo uso de los avances masificados de las comunicaciones, ha fijado su atención en la llamada democracia participativa, con interesantes y discutibles consecuencias políticas y sociales como es la creación de nuevas formas de definir el tejido social o el de ayudar a reconstituir la solidaridad de las comunidades.

Sin embargo, así como tiene muchas ventajas, también tiene enormes riesgos. Por ejemplo: cómo evitar que en el caso de los estudiantes, fuera desconocida la voluntad de cerca del 90% que, al ser consultados en las universidades, dijeron que querían estar en clase y que aunque apoyaban las ideas de los estudiantes, no eran partidarios de mantener el paro que la MANE no quiso levantar. Esa inmensa mayoría fue ignorada y se impuso, para bien o para mal, la capacidad de presión de una minoría organizada. Falta por discutir cómo se definirá la representatividad en estos nuevos modelos de democracia participativa. Ojalá, en estos movimientos prime la fuerza de las ideas y la racionalidad y no la capacidad de intimidación. Sin lugar a dudas, se está transformando la forma de hacer política.

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