Fecha de publicación:Viernes, 11 de Noviembre de 2011
Medio que publica:El Colombiano de Medellín
Sección:Editorial
Género periodístico:Editorial
Autoría:Firmada por la sección
Lo que mal empieza...

Editorial
Internet


El ofrecimiento del Presidente Santos de retirar el proyecto de reforma a la Ley 30 de Educación Superior si los estudiantes regresan a clases, en vez de solucionar los problemas que afronta la universidad pública, legitima la peligrosa práctica de algunos sectores de resolver todo por las vías de hecho. El Gobierno ha dado pasos en falso desde el comienzo de la discusión de la iniciativa.

Si es cierto que el Presidente Juan Manuel Santos ha sido un excelente jugador de póker, con los desaciertos que ha cometido con la reforma a la Ley de Educación Superior da para pensar que esta vez se le perdieron las cartas. Y fue desde el comienzo de la partida, porque la primera equivocación del Gobierno fue la de vender el proyecto "con ánimo de lucro".

La ministra de Educación, María Fernanda Campo, pagó la primiparada cuando comenzó a "socializar" el articulado del proyecto, pues dentro de muchos otros beneficios y mejoras que contempla evidentemente la norma, ella le puso el énfasis a la figura de la participación de los privados como instrumento para la financiación de la educación superior.

Los estudiantes, hábilmente, se pegaron de ahí para comenzar a torpedear la iniciativa, pues fueron más convincentes que el Gobierno a la hora de decir que lo que se estaba buscando era la "privatización" de la universidad pública. El Presidente Santos ordenó retirar del proyecto el artículo que generaba esa lectura, pese a que la doctora Campo siempre negó que existiera tal pretensión dentro de la norma. Es decir, Santos desautorizó a su propia Ministra y eso les inyectó gasolina a las protestas de los estudiantes, que vieron que el Gobierno comenzaba a ceder, tanto que terminó por ofrecer el retiro del proyecto a cambio de regresar a las aulas y salvar el semestre académico. Con ello ha dejado sin mucho margen de maniobra a la titular de Educación.

De ahí en adelante, todo juega a favor de los manifestantes, que no son la mayoría por demás, aunque la minoría tenga poder de movilización, tal como quedó reflejado ayer con las marchas en varias ciudades del país. Olvidó el Gobierno que las consultas realizadas por Internet en algunas de las más importantes universidades arrojaron que ocho de cada 10 estudiantes, en promedio, querían regresar a clases y no estaban de acuerdo con el paro.

El reversazo de Santos, al ofrecer el retiro del proyecto si se reanudan las clases, es un precedente preocupante, porque no solo da visos de improvisación, sino de flojera. Como se dice coloquialmente, el Presidente se dejó medir el aceite de los estudiantes, y será necesario algo más que los altos índices de popularidad de los que goza el Jefe de Estado para salvaguardar su gobernabilidad y evitar que sea a través de las vías de hecho como el país siga tratando de resolver sus enormes problemas.

No admite discusión la necesidad de hacer una profunda transformación del sistema educativo colombiano para ponerlo a tono con las nuevas realidades de este mundo globalizado y cada vez más competitivo. Lo que no parece estar claro es cuáles son los caminos para lograrlo.

Así las cosas, resulta esta una buena oportunidad para abrir el espectro del debate, sin chantajes, y propiciar los espacios necesarios para acometer las reformas que necesita el país, no solo en materia educativa, sino en muchas otras. De lo contrario, seguiremos asistiendo a nuevas protestas y desmanes y, sobre todo, abriendo más puertas para que los grupos armados ilegales, y no pocos oportunistas, puedan combinar todas las formas de lucha. Esas que juró derrotar el Presidente Santos.

Lo que mal empieza...