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LAS MEMORIAS DEL ‘LOCO’ GIRALDO
Domingo, 23 de Octubre de 2005

Pagina 3-4
Panorama

El periodista Alberto Giraldo se hizo famoso como relacionista público de los jefes del Cartel de Cali, Miguel y Gilberto Rodríguez. Al destaparse el Proceso 8.000, Giraldo fue a dar a la cárcel y eso acabó su vida profesional. Hace unas pocas semanas, a los 71 años, falleció. Ya había terminado las memorias que la editorial Planeta pondrá hoy en el mercado. En exclusiva, ofrecemos el capítulo en el que revela intimidades de la relación de los hermanos Rodríguez con tres figuras políticas importantes de los 80 y principios de los 90, que pasaron por la poderosa Contraloría General de la República: Rodolfo González, Manuel Francisco Becerra y David Turbay. Los tres también estuvieron involucrados en el 8000.

De 1982 en adelante hubo mucha influencia de los caleños en la selección de los contralores generales de la República. Esta dependencia se había convertido en la segunda posición del Estado, muy por encima de cualquier otro ministerio. La elección para un período fijo de cuatro años y la omnipotencia del Contralor en el manejo del jugoso presupuesto y de 14.000 empleados le dio un juego magistral en la política colombiana.

Aníbal Martínez Zuleta, el jefe liberal de Cesar, fue Contralor durante los gobiernos de Alfonso López y Julio César Turbay. Convirtió a la Contraloría en bastión inexpugnable que colocaba a los que ejercían el cargo en jefes indiscutibles de las bancadas liberales. La distribución burocrática permitía inclusive la aspiración presidencial.

En 1982 el santandereano Rodolfo González García aspiró a la Contraloría General de la República. Se enfrentó a Jaime Castro, un jefe liberal boyacense que curiosamente tenía el patrocinio del doctor Alfonso López y de Misael Pastrana Borrero.

El ex presidente Pastrana se estrenaba como detentador de la fuerza burocrática en el gobierno de Belisario Betancur. Tenía cuatro de los seis ministros conservadores. Era consultor obligado del jefe de Estado. Por tanto, su candidato tenía todas las de ganar.

Sin embargo, no contó con la audacia política de González, quien comenzaba su carrera política como representante a la Cámara por el liberalismo santandereano.

Rodolfo se había hecho a sí mismo. Desde la universidad se había incorporado al periodismo como ejecutivo de Vanguardia Liberal, el periódico que hace y destruye prestigios en Santander. Llegó a la dirección del brazo de la familia Galvis, que lo respaldó durante muchos años.

Fundó su propio grupo para pelear contra el viejo poder de Alfonso Gómez Gómez y se hizo a las mayorías liberales. Después rompió con la familia Galvis y se vino a Bogotá con su curul y como aspirante a la Contraloría.

Ya figuraban en su grupo Eduardo Mestre Sarmiento, la inteligencia más sorprendente de Bucaramanga, y Tiberio Villarreal, un guapísimo jefe de provincia que a base de esfuerzo se mantuvo en el Congreso a pesar de la sentencia de muerte que le dictaron los guerrilleros, quienes le hicieron dos atentados, en uno de los cuales murió su esposa y fue herido un hijo.

En la batalla por la Contraloría el favorito era Jaime Castro por el aval político que tenía. Pero González recurrió a los enemigos de Pastrana y Castro, y obtuvo una ligerísima mayoría de tres votos. Ésos provinieron del conservador Gustavo Rodríguez Vargas, quien tenía dos votos a su servicio, como jefe del Movimiento Nacional, y el líder sindical Tulio Cuevas.

Rodolfo se hizo poderosamente fuerte en la Contraloría. Pero siempre respondió a sus amigos.

El poder político del contralor aumentó en 1996, cuando eligieron presidente a Virgilio Barco. En esta dura época el funcionario habló en dos ocasiones con el jefe de Estado para evitar la extradición de (¿Miguel?) Rodríguez, quien estaba en la mira de la DEA.

Amigos por el América
En 1990, la Contraloría pasó a manos de Manuel Francisco Becerra Barney, viejísimo y entrañable amigo de Miguel Rodríguez.

Los dos se habían conocido en 1977, cuando Becerra era un joven profesional que incursionaba en la política liberal, pero su afición por el fútbol lo había llevado a la junta directiva del club América. Este equipo, uno de los más tradicionales en el deporte caleño, siempre ocupó los últimos lugares en la tabla de posiciones del fútbol rentado.

Tenía tres benefactores insignes que le metieron mucho entusiasmo pero poca plata. Eran Guillermo León Ocampo, gerente del Banco de Colombia en Cali; Pepino Sangiovani, un distinguido industrial italiano dedicado a la elaboración de café, y Luis Carlos Varela, fundador de una de las más tradicionales plantas de jabones en el Valle.

En 1977, Pepino Sangiovani, que presidía el equipo, conoció a Miguel Rodríguez por intermedio de Mario Alfonso Escobar y Óscar Rentería, dos destacados comentaristas deportivos de la ciudad.


Rodríguez, que ya se ocupaba de los negocios deportivos, se entusiasmó con el equipo. Pepino le propuso que financiara la contratación del médico Gabriel Ochoa Uribe como director técnico del América y Miguel aceptó la propuesta. En 1979, el América conquistó por primera vez un campeonato nacional de fútbol. Y Rodríguez fue promovido a la vicepresidencia del club.

Allí se sentó al lado de dos jóvenes prometedores: Manuel Francisco Becerra y Juan José Bellini Victoria. Los dos fueron invitados personales de Miguel en la gira que hizo América por Brasil y Argentina para competir por primera vez en la Copa Libertadores de América.

Y en 1990 Miguel Rodríguez tuvo la oportunidad de facilitar la elección de su amigo de muchos años en la Contraloría General de la República.

Claro que el entonces ministro de Desarrollo, Ernesto Samper, tomó en sus manos la responsabilidad de hacer contralor a Becerra. Y la cumplió de tal forma que trasladó su oficina al Capitolio durante tres días para convencer uno a uno a los representantes que debían votar la elección del jefe fiscal.

En la competencia de Becerra estuvo el caldense Rodrigo Garavito, quien fue derrotado en esta aspiración.

Años después, el precandidato Samper se lamentaba del entusiasmo que le puso a la elección de Becerra, porque éste se había envalentonado con el poder burocrático de su despacho y recorría el país como una alternativa presidencial distinta a la de Samper.

Su primer cargo importante fue el de Secretario de Educación del Valle. Allí consiguió electores para llegar a la Cámara de Representantes. En 1986, con la elección de Virgilio Barco a la Presidencia, el entonces contralor Rodolfo González lo promovió para la Gobernación del Valle.

Fue un nombramiento sorpresa, por la enorme juventud del mandatario. Pero comenzó su administración bajo los mejores auspicios.
Más tarde, en una de las crisis ministeriales que son tan comunes en los gobiernos, fue designado Ministro de Educación por el presidente Barco. Fue su gran salto en la burocracia. Además tuvo un gesto audaz: le dijo al jefe del gobierno que era amigo de los Rodríguez.

En algunos periódicos ya habían publicado fotografías suyas con Miguel Rodríguez y eso no parecía lo más adecuado para una persona que tenía entre sus responsabilidades el manejo del fútbol profesional.

Becerra pasó al gabinete como el más joven de los ministros de su época. Y como siempre, fue despedido en fiesta informal a la que asistieron sus amigos de Cali: Miguel Rodríguez, Fernando Tello, Francisco Vallejo (contralor del Valle), Armando Mosquera, Fanor Luna, Martín Alvarado y Mario Alfonso Escobar.

Todos coordinados por Julián Murcillo Posada, quien se había hecho entrañable amigo de Miguel y actuaba en estos acontecimientos.

Durante la administración Becerra, ellos fueron los invitados anuales a las despedidas de año, en las cuales sólo se hablaba del prometedor futuro de Becerra.

En el Ministerio de Educación hubo una fecha tormentosa en las relaciones Becerra-Rodríguez: el Gobierno ideó la extradición de Gilberto Rodríguez Orejuela, para complacer a Pablo Escobar, durante la dura y cruel guerra contra el país.

Y desde la Secretaría de la Presidencia se hizo circular una resolución que autorizaba esta extradición de acuerdo con el Consejo Nacional de Estupefacientes.

La resolución para ser válida debía tener la firma del presidente Barco y de los ministros de Gobierno, Relaciones Exteriores, Justicia, Defensa, Educación, Salud y Agricultura, que integraban ese consejo. Becerra firmó la extradición y ni siquiera la comunicó a sus amigos. Sólo una gestión de última hora ante el jefe de Estado pudo evitar la protocolización del documento.


Con todo, en 1990 los amigos parlamentarios de Gilberto y Miguel Rodríguez coadyuvaron a la gestión del Gobierno para no frustrar la elección de Becerra como contralor.


Turbay: $200 millones
Y en 1994, se impuso la maquinaria del impetuoso y juvenil cartagenero David Turbay Turbay.

Éste se había revelado como ambicioso precandidato en la consulta interna que los liberales organizaron para la selección oficial del aspirante a la Presidencia para suceder a César Gaviria.

Y se movió por todo el país en busca de electores de peso. En el Valle buscó a Armando Holguín y a Carlos Abadía pero no tuvo éxito. Y apareció Fernando Santa, quien tomó la responsabilidad de promover a David entre los liberales del Valle.

En tres ocasiones se citó con Miguel Rodríguez, quien sólo le prometió mucha simpatía y financiación, porque no quería tomar partido en una elección tan competida.

David, sin embargo, tuvo una idea luminosa: coordinó al grupo costeño para liderar la elección del monteriano José Ramón Elías Náder como Presidente del Senado. Así se opuso a la aspiración de Alberto Santofimio Botero, quien aparecía como candidato de un poderoso bloque liberal.

Al final, sin embargo, se exhibió la hoja de vida del senador Santofimio y se pudo elegir sin sobresaltos a ‘Jochelías’ (Nades).

Esta elección fue sorpresiva porque significó la escogencia de dos liberales y cordobeses para las presidencias del Senado y de la Cámara.
Eso le permitió a David Turbay que su precandidatura cogiera fuerza, porque ‘Jochelías’ no era un caracterizado amigo de Samper. A los dos los distanciaba el hecho de que Guillermo Perry, un samperista de tiempo completo, había desilusionado a los costeños con la decisión de no construir la hidroeléctrica de Urrá, cuando fue Ministro de Minas, en el año de 1986, en el primer gabinete de Virgilio Barco.

Esta divergencia la aprovechó maravillosamente Turbay para organizar un grupo de folclórico sabor costeño, que le permitió aspirar a la Contraloría y tener el apoyo de la clase parlamentaria, como premio de consolación por su sometimiento a la disciplina interna de los liberales. Esta elección costó más de 200 millones de pesos, de los cuales la mitad salieron de contribuyentes vallecaucanos.