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Alrededor de la oscura Casa Arana, donde murieron unos 40 mil indígenas, 20 comunidades nativas llevan cuatro décadas educando a los niños a su manera. Ahora el sistema educativo quiere acercárseles para que los demás aprendan de ellos.
La gran paradoja de uno de los colegios más políglotos del país -con alumnos y maestros que hablan de dos a cuatro lenguas- es rajarse en la parte de idiomas del examen del Icfes. 'Inferior' es el calificativo que les dan por no saber inglés.
A decir verdad, en la Casa del Conocimiento, como se llama el colegio de bachillerato del corregimiento de La Chorrera, nunca ha habido profesor de inglés, o si lo hubo ya no lo recuerdan. Los hay de uitoto, bora, español y ocaina. Si hubiera apoyo para contratarlos llegarían también algunos de lengua extranjera.
En medio de la selva amazónica, a lo largo de 700 kilómetros del río Igara Paraná, 20 cabildos indígenas reconstruyen -con sus seis escuelas y el colegio como centro- las piezas sobrevivientes de culturas arrasadas con la excusa de la explotación del caucho, y educan a sus niños para abrirse al mundo.
El mismo sistema educativo que los cuestionó por décadas por ir más allá del plan de estudios típico trata hoy de acercárseles para aprender de su experiencia y ofrecerles apoyo económico y pedagógico. Eso mismo sucede con 49 pueblos indígenas y afrocolombianos a los que el Ministerio de Educación acompaña en la construcción de currículos propios.
La tenebrosa Casa Arana, huella del exterminio de más de 40 mil indígenas, significa hoy otra cosa. En el segundo piso, 28 jóvenes se preparan para ser profesores de biología en una 'minisede' de la Universidad Pedagógica. Eso sí, tienen Internet y computadores, pero rara vez luz.
Alrededor de la casa se terminan de pulir dos dormitorios para 80 niñas que el vicepresidente Francisco Santos y Cecilia María Vélez, ministra de Educación, fueron a inaugurar en febrero.
Un fuetazo para el que hablara
La estructura, de un techo azul que debió ser verde, es apenas la primera parte. El proyecto incluye dos dormitorios más, edificio administrativo, cinco bloques de salones, sala de estudio, comedor, biblioteca, laboratorio y zona deportiva. Todo está todavía sin financiación, en una maqueta de la que sobresalen los techos verdes.
"Sencillo: lo que queremos es un ambiente igual al que busca un estudiante de Bucaramanga, Bogotá o Cali, pero en la selva", resume el rector, Raúl Teteye Ugeche, un indígena bora con título universitario y de padres nómadas.
Teteye es de la misma generación de María Fátima Botyay, la profesora de ética, indígena uitoto. Maestros formados con la exigencia de llevar fuete en mano por si un alumno abría la boca para hablar en su lengua nativa. "Solo duré un año así", dice Boyay.
La 'rebeldía' de los educadores de la zona comenzó en los 70. Y sigue. "Esta comunidad ha mantenido procesos muy independientes", explica diplomático el secretario de Educación del Amazonas, Olver Herrera Duarte, a los altos funcionarios visitantes, que preguntan por qué todavía en La Chorrera son reacios a unirse a los proyectos etnoeducativos guiados por el Ministerio en sitios vecinos.
El baile de la torre de Babel
"Algunos antropólogos nos han dicho que estamos haciendo lo que no se debe -dice Teteye-. Queremos coger a las personas y tratar de que formen sus opiniones y que produzcan la cultura. No sabemos cuál cultura: ellos la producirán".
¿Y cómo es una clase con la profesora María Fátima? "A veces comparamos biblias", dice, y anota que, con la 'torre de Babel' que puede llegar a ser una escuela en cuatro idiomas, con niños de culturas distintas, que cada uno se encierre en la suya no es opción.
En la Casa del Conocimiento se estudia matemáticas, español y sociales. También 'etnogeohistoria', lingüística, arte amazónico y etnobotánica. Pero a la hora de bailar, por más amor a lo propio, hay que variar: el acuerdo con los alumnos es que haya cuatro bailes indígenas por cada salsa o merengue. "Y si no bailan con ganas, les ponemos solo un disco normal por cada seis bailes", les avisa Teteye. Ellos se esmeran para que solo sean cuatro.
Los abuelos son los guías educativos de los Yukpas
En 55 escuelas de Becerril, La Paz y Codazzi (Cesar), aprender a hacer mochilas, canastos y pipas no hace parte de la clase de manualidades ni de un proyecto productivo. Es la base de la educación que reciben los niños de esas comunidades de la Serranía del Perijá, territorio del pueblo Yukpa.
Las manualidades son símbolos de la cultura indígena, y en la escuela son una manera de hablarles a los estudiantes de cómo su comunidad concibe los conceptos de gobierno y parentesco, de oralidad y memoria colectiva, de territorio y naturaleza.
Los ancianos de las comunidades son los encargados de contar historias mientras enseñan los trucos de la manufactura, incluso desde el preescolar.
"La escuela occidental o mestiza es diferente de la indígena, porque la indígena se inicia con reconocer el valor de los ancianos, del patrimonio cultural y de sus prácticas culturales, para enseñar a los niños a través de la oralidad", dice sor Maritza Mantilla, rectora de la Normal María Inmaculada de Manaure (Cesar), donde se forman los maestros indígenas y se teoriza sobre el currículo Yukpa.
"Ellos se comenzaron a preguntar cómo tener un currículo propio, porque era todo occidentalizado. Esa pregunta se unió a la importancia de tener la lengua propia escrita, para enseñarla a los niños", agrega.
Después de tres décadas de trabajo independiente, el Ministerio de Educación está apoyando la expansión del modelo Yukpa a la totalidad de los resguardos de la zona.
El modelo beneficia a 230 mil alumnos
De acuerdo con datos del Ministerio de Educación, hasta ahora se han implementado 49 proyectos etnoeducativos en el país, de los cuales 11 corresponden a comunidades que han expandido sus modelos propios de educación.
Estos proyectos han beneficiado a unos 230 mil estudiantes y 8 mil docentes.
En la actualidad se discute la creación del Sistema Nacional de Educación Propia, que entre otras consecuencias mejoraría la relación laboral de los maestros.
El currículo ecológico del Vaupés llegó a Copenhague
Hasta la pasada Cumbre sobre el Cambio Climático, celebrada en diciembre en Copenhague (Dinamarca), llegó el indígena vaupense Marcelo Muñoz a mostrar el modelo educativo Maijirike ('conocimiento integral').
El proyecto, liderado por siete comunidades indígenas Tukano, Bara, Tuyuka, Carapana y Tatuyo, es uno de los más destacados del país en etnoeducación, y tiene como eje la preservación de la selva amazónica. Una clase en estas comunidades puede ser, por ejemplo, navegar por un río a conocer su ecosistema y las historias tradicionales sobre él.
Muñoz es el coordinador de educación de la Asociación de Autoridades Tradicionales de la Zona de Yapú (Asatrizy), que también hace parte de las prioridades del Ministerio de Educación.
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