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Marta Lorena Salinas
Desde su instauración en las sociedades modernas, la escuela fue ideada como lugar indiviso de formación integral de personas, instancia de ensayo permanente de aprender a vivir con otros, la cohesión social y la apropiación común de unos mínimos éticos, en fin, un taller de humanidad, como dijera Comenio en su época. En nuestro país como en el resto del mundo las escuelas y demás instituciones educativas tienen que ser reservorios de paz y convivencia que asumen como función principal convertir sus aulas y patios de recreo en lugares de acogida de niños, jóvenes y maestros, condición sine qua non del acto educativo, esto es, en el ejercicio de su función de formar ciudadanos activos, comprometidos con una ética y una estética de la existencia, mediante el enseñar y aprender en las aulas la participación argumentada, la permanente invención de la mediación, y el modo de tramitar los conflictos.
Esta columna hace eco de las múltiples voces autorizadas y de actores del sector educativo, que no vacilaron en criticar la directiva presidencial de hacer de los estudiantes informantes de la fuerza pública, calificada como un exabrupto, una insensatez, una medida que pone en riesgo la inviolable exención de la población civil en las confrontaciones armadas, junto con el reconocimiento del derecho de los niños y los jóvenes a gozar de protección y seguridad por parte del Estado en sus procesos de crecimiento y desarrollo consagrados en la normativa internacional de los Derechos de la Infancia.
De prosperar una medida semejante, en sentido contrario a la prudencia y el tacto indispensables en la resolución de los conflictos cuando se involucra a la población civil, se podría exacerbar entre los sectores juveniles de las comunas populares, más que exclusivamente en las instituciones educativas, precisamente aquello que se quiere evitar: vigilar al compañero y convertirse en su perseguidor.
Antes que ser objeto de un tratamiento policivo, los conflictos que afectan o involucran a los jóvenes estudiantes son tema de la acción pedagógica, razón por la cual en la historia de la humanidad los maestros se han esmerado en hacer de los espacios escolares escenarios de civilidad como antesala de la actuación en todos los ámbitos de la vida pública.
La educación tiene cómo mostrar que hay otros modos de ser, de gozar, de aprender y de pensar por uno mismo e intentar ser mejor y, si se quiere por contagio, hacer también un poco mejores a los demás, para construirse una vida en relación con los otros. Todos los días en el aula los maestros renuevan su compromiso con la formación de personas autónomas, capaces de una lectura crítica del mundo, con un profundo contenido ético, que es incompatible con la delación como herramienta desesperada que no encuentra otro punto de apoyo que el de una recompensa económica, que convierte la responsabilidad civil en una mercancía y a la escuela en un entorno de desconfianza y de guerra.
La escuela no es una trinchera, |