|
Opinión
Página Internet
En el año del bicentenario de los procesos de independencia en Colombia e Hispanoamérica debe reivindicarse el estudio de la historia y efectuarse un escrutinio sobre la evolución de estas naciones, el estado de la democracia y las libertades y lo que hay de progreso o de involución en dos centurias de creación como Estados.
La conmemoración de los doscientos años de independencia empieza a reeditar, a pesar de todo, el necio conflicto entre la leyenda negra y la blanca, protagonizado en 1992 por los defensores y los detractores de España en los quinientos años del llamado Encuentro de dos Mundos. Se trata de una controversia que aporta poco al estudio ponderado de la historia y la comprensión de la realidad de nuestras naciones.
Debe emprenderse es un examen concienzudo de lo que representaron las declaraciones de independencia y las consiguientes confrontaciones como punto de partida de un proceso inacabado. Empezó con la proscripción del dominio colonial y la formación institucional de los nuevos estados y ha continuado, en los dos siglos, con avances y retrocesos, progresos e involuciones y el surgimiento de otras amenazas de dependencia económica y política, entre ellas el caudillismo, el populismo de extremos y las multinacionales del terrorismo y el narcotráfico.
La reflexión en busca del verdadero sentido del proceso, o los procesos, de independencia, debe efectuarse mediante la iniciativa gubernamental, de las academias y del sector educativo y los medios de comunicación.
Está activándose la producción editorial, con la aparición de varios libros escritos por historiadores y ensayistas que plantean interesantes polémicas. En las universidades se organizan ciclos de conferencias con expertos que han venido preparando sus exposiciones. Desde el Ministerio de Educación se auspició una consulta para la selección de doscientas preguntas clave, que serán respondidas por un grupo de estudiosos.
En la América hispana, desde México hasta la Patagonia, se sintió el impacto de la crisis de legitimidad de la monarquía española, arrinconada por la invasión napoleónica.
Conmemorar un trance histórico trascendental es mucho más que acumular anécdotas para hacer ejercicios de memorismo, o entonar lamentaciones porque las democracias nuestras todavía distan de ser incluyentes y de garantizar igualdad de oportunidades, o porque la separación constitucional de poderes no ha asegurado la superación del caudillismo, o porque la pobreza continúa frenando el desarrollo.
Más pertinente es la reflexión que demuestre cómo este continente sí es el de la esperanza, donde la conciencia histórica active el potencial humano de talento y voluntad transformadora y ayude a construir la sociedad libre, pacífica y progresista que soñaron los libertadores.
Estudiar y reivindicar la historia como materia esencial en el pénsum de los diferentes niveles del proceso educativo, es uno de los desafíos que se plantean al comenzar este año. El porqué de lo que somos, de lo que pasa y nos pasa y de lo que podemos llegar a ser, se comprende por medio del escrutinio del discurrir nacional e hispanoamericano a lo largo de doscientos años, en tarea que no debería ser de leyenda, ni negra ni blanca, sino de verdades y hechos históricos, llenos de luces y sombras y de enigmas.
200 años de historia claroscuro, Encuentro de dos Mundos, Desde el Ministerio de Educación se auspició una consulta para la selección de doscientas preguntas clave, |