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En época de entrega de notas, si su hijo pierde el año piénselo dos veces antes de castigarlo física o psicológicamente. Hacerlo trae consecuencias que se verán más adelante.
Termina el año escolar y vuelven los dolores de cabeza para cientos de familias que no reciben los mejores informes académicos de sus hijos.
Antes de cualquier reflexión sobre la responsabilidad de unos y otros, la sala se convierte en un "campo de batalla" y la peor parte la llevan los angustiados niños, pues la ira de papá y mamá terminará otra vez en gritos, tirones de orejas y fuertes correazos.
El castigo físico está considerado como una de las principales formas de violencia contra la niñez. En Colombia, diversas investigaciones sobre patrones de crianza han demostrado cómo las fallas en el rendimiento escolar siguen siendo una de las primeras razones válidas entre los padres de familia para reprender violentamente a sus hijos.
En Bogotá, por ejemplo, la Fundación Antonio Restrepo Barco aplicó una encuesta a 140 menores de edad, en la que el 42 por ciento de los entrevistados dijo ser castigado "por sacar malas notas".
El castigo más frecuente, los golpes con la mano, de los que el 40 por ciento aseguró haberlos recibido.
El castigo físico, según el antropólogo ecuatoriano Diego Polit, gestor del Movimiento por el Buen Trato en Latinoamérica, está lejos de lograr los resultados que los padres buscan, por el contrario, aplicarlo puede generar en el niño actitudes adversas frente al colegio.
"Ese niño puede desarrollar antipatía contra una determinada materia o un gran resentimiento frente a todo su proceso escolar", advirtió Polit.
Millones de niños y niñas viven atemorizados por las reacciones violentas de sus propios padres. Su angustia no es infundada. La Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) estima que en la mayoría de los países de la región, cerca del 50 por ciento de los menores de edad son víctimas de algún tipo de violencia en su propio hogar.
Por eso, para los expertos es claro que el castigo físico puede llevar a los niños a asumir actitudes que ponen en peligro su vida: motivar la huida de su casa, inducirlos al consumo de alcohol y drogas e incluso, convertirlos en víctimas de otros adultos.
Con el castigo, dijo Polit, podemos estar empujando a los niños y a las niñas a que se sometan a exigencias de docentes que condicionan la buena nota a determinados comportamientos.
"Si una niña de 14 años es castigada físicamente en su casa para que obtenga mejores notas, y luego el profesor le promete subirlas a cambio de portarse cariñosamente con él, la niña puede acabar sometiéndose a eso con tal de no recibir el castigo" aseguró.
El psiquiatra y farmacólogo Jorge Tamayo, profesor de psicofarmacología del CES, explicó que agredir a un niño puede producir alteraciones en sus células cerebrales o neuronas, e impactar así el funcionamiento del material genético que en ellas se aloja.
"Si ese material deja de funcionar normalmente, el niño va a tener una serie de alteraciones que lo ponen en desventaja con respecto a los demás", explicó Tamayo.
Se ha visto, por ejemplo, "que los niños que han recibido maltrato en edades tempranas, cuando son adolescentes o adultos tienen más riesgo de deprimirse o de tener problemas de ansiedad, porque los genes que ayudan a mantener un estado emocional normal y equilibrado no se están leyendo correctamente".
El especialista precisó que, aunque el cerebro humano es un órgano con gran capacidad para recobrar el equilibro después de enfrentar una situación difícil, el castigo físico, como cualquier otra forma de violencia, tarde o temprano afectará las respuestas del niño frente a determinadas situaciones.
El experto aseguró que aunque después de recibir un trauma como el del castigo físico, "tenemos mecanismos para volver a adaptarnos a las circunstancias, si éste es frecuente y repetitivo su cerebro ya se preparó para enfrentar la vida de una forma amenazante, aunque la persona se haya hecho adulta".
Todos los padres de familia exigen a sus hijos un buen desempeño académico. No obstante, pocos son conscientes de la necesidad de orientarlos en las tareas escolares y, menos aún, de su obligación de acompañar el proceso educativo para lograr resultados.
En la citada encuesta de la Fundación Restrepo Barco solamente el 26 por ciento de los padres afirmó ayudar a sus hijos con los deberes escolares "siempre". El 74 por ciento aceptó que solo lo hace algunas veces.
Ante esta realidad, Diego Polit advierte sobre la obligación de asumir una actitud solidaria y corresponsable frente a los fracasos escolares.
"La preocupación de los padres no debe reducirse a las notas" concluyó.
¿Usted que está haciendo?
No pierda el año con los castigos físicos, |