Artículos

'Educar para la paz y con la paz'. Discurso del expresidente y Premio Nobel de Paz, Óscar Arias

Lea el texto completo del discurso del Premio Nobel de Paz y expresidente de Costa Rica, Óscar Arias, en el marco de su conferencia en la I Escuela Internacional de Verano que lleva a cabo el Ministerio de Educación.

miércoles, 29 de julio de 2015

-------------------------------------------------------

EDUCAR PARA LA PAZ Y CON LA PAZ

Oscar Arias Sánchez
Ex Presidente de la República de Costa Rica
Universidad Nacional de Colombia
Bogotá
27 julio 2015

Amigas y amigos: Quiero darle las gracias a la Universidad Nacional de Colombia, al Ministerio de Educación, a la señora Ministra y a la Fundación CEIBA, por permitirme volver a este país que tanto aprecio.

A Colombia y a Costa Rica los ha unido una profunda amistad durante siglos. Mi país es pequeño en comparación con esta tierra, pero su corazón es inmenso. Y en ese corazón, hay un lugar especial para Colombia y sus ciudadanos. Muchas veces nuestro pueblo ha llorado junto al pueblo colombiano. Muchas veces hemos rezado por un futuro de paz para esta nación hermana. Muchas veces hemos levantado la voz en contra la violencia que lastima a sus hijos.      

Probablemente ningún otro país Latinoamérica le inspire a Costa Rica tanta solidaridad y tanta gratitud como la que le inspira Colombia. Somos dos pueblos viviendo el mismo sentimiento, dos naciones compartiendo la misma esperanza. No importa si uno usa chonete o sombrero paisa, si se baña en las aguas de Limón o Barranquilla, si come gallo pinto o sancocho, ajiaco o tortillas palmeadas; esas diferencias no existen en el centro del alma.

Colombia habla un idioma que Costa Rica entiende más allá de las palabras, es el idioma de la vida que estalla en cada esquina, es el idioma de la ilusión y de la perseverancia, es el idioma del trabajo duro y del esfuerzo y es el idioma de la búsqueda de la paz por sobre cualquier amenaza.

Llegará el día en que Colombia y Costa Rica compartan más que la búsqueda de la paz, llegará el día en que compartan la paz duradera. El día en que las selvas colombianas sean tan tranquilas como los bosques de mi tierra, el día en que los fusiles de esta guerra se guarden en los museos y en las vitrinas, como los guardan en mi patria.

Y ese día está cada vez más cerca. En su última proclama, en Santa Marta, Bolívar dijo: "No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia", refiriéndose entonces a la Gran Colombia que había imaginado su mente libertadora. Hoy les digo que yo no aspiro a otra gloria más que a la paz de Colombia, que habrá de llegar, con el candor de la madrugada del mejor día que ha vivido esta tierra bendita: el día de mañana.

La Universidad Nacional de Colombia me ha solicitado que les hable sobre la importancia de que la sociedad académica se integre en la construcción de la paz en Colombia. Este tema trae a mi memoria una obra de Miguel de Unamuno: Amor y Pedagogía, la devastadora historia que retrata los desvaríos de un padre obsesionado con educar a un genio. Aquella novela trágica, que no disimula su moraleja, constituye una metáfora de lo que ocurre cuando la educación es un sencillo compendio de datos sin valores, una transmisión de ideas sin emociones. Cuando educamos eruditos y no sabios. Cuando formamos exegetas y no seres humanos.

La academia colombiana, y creo que todos los sistemas educativos de nuestros países, deben involucrarse en la construcción de la paz. La educación superior debe transformar radicalmente al mundo, o no vale la pena. Debe ser el motor de cambio por excelencia, o ha fallado en su misión histórica. Porque no es un fin, sino una senda. Es la vía de superación de una especie en eterna adolescencia que lucha, desde hace milenios, por alcanzar la madurez.

No basta con decir " educamos". Hay que preguntarse, "¿para qué?". Hay que preguntarse cuál es el tipo de sociedad que estamos construyendo a partir de las artes y las ciencias. Viendo el mundo desde este catalejo de Colombia, parece ser obvio que estamos educando para construir sociedades más prósperas.

El siglo XX fue, sin duda, el más prolífico multiplicador de riqueza que haya conocido nuestra historia. Cientos de millones de personas emergieron de la pobreza en las últimas décadas. Por primera vez desde que existe memoria, más de la mitad de la población mundial pertenece hoy a la clase media. Un planeta que crece a un ritmo exponencial ha logrado enfrentar, con sorprendente ingenio, la escasez de recursos que su expansión significa. La tecnología ha conectado las esquinas del mundo, componiendo un morral con todos los seres que viven en husos horarios distintos.  Materialmente, nunca hemos estado mejor. Pero resulta evidente que ese desarrollo material, aunque indispensable, se ha quedado corto.

El mismo siglo XX, caudal de fortunas y de oportunidades, fue también vidriera inmensa de una barbarie sin precedentes, un salvajismo que nunca desplegó ni el más primitivo de los trogloditas.

Nunca antes el ser humano logró asesinar a tal escala. Nunca antes el odio envenenó tanto las palabras. Nunca antes la muerte reinó con tal impunidad sobre las comarcas de todas las razas. Nunca antes tantas lágrimas rociaron las piedras de la indiferencia. Nunca antes tantas mentes, tantas ideas, se despeñaron en el barranco de la tortura y de la violencia. ¿Cuál fue el papel de la educación en todo esto? ¿De qué manera la academia contuvo el declive del espíritu humano?

¿Fueron acaso analfabetas los gestores del peor genocidio jamás registrado? ¿Fue acaso la ignorancia de los textos, de los códices, de los pensamientos de los sabios, la culpable de las guerras civiles en que se aniquilaron millones de hermanos? ¿Fue que nos faltaron maestros, o fue que nos sobraron soldados?

Perdonen que lo diga en este centro universitario. Perdonen que lo diga en este templo del conocimiento. Pero la educación no fue suficiente. Con la venia de ustedes, esta tarde les digo que a la academia le hizo falta introducir en su currículo, una asignación de Paz y Pedagogía, de Libertad y Pedagogía, de Democracia y Pedagogía. Le hizo falta ponerle corazón al pensamiento. Paz y Pedagogía quiere decir educar para la paz y con la paz. Nada hacemos con forjar letrados que no comprenden el valor de una vida. Nada hacemos con formar catedráticos para quienes la guerra se justifica. Nada hacemos con graduar estudiantes para quienes da lo mismo que mueran decenas de personas cada día, en la más cruenta, la más absurda, la más aberrante de las violaciones a los derechos humanos: el enfrentamiento armado.

Sé bien que toda buena universidad alberga reservas en torno a mezclar las cuestiones académicas con las morales. Es cierto que pretender darle una orientación ética a la educación puede ser, con demasiada facilidad, una trampa para el adoctrinamiento en determinado credo o ideología. Y ése es un riesgo siempre presente en la enseñanza: el riesgo de pretender pasar, como visión de mundo, lo que no es más que la opinión de unos cuantos, o incluso de la mayoría.

Pero el relativismo axiológico no puede ser llevado al extremo de que nos vuelva sordos ante el clamor de las víctimas de Siria, de Irak y de Afganistán, de ustedes los colombianos, de Sudán, de Somalia y de Myanmar. No puede ser llevado al extremo de que poco o nada nos importe que la gran mayoría de las muertes de guerra en la actualidad, las sufran los civiles inocentes y no

Los ejércitos que deciden pelear. No puede ser llevado al extremo de que nos resulte un hecho curioso de la ciencia moderna, que existan 23.000 ojivas nucleares aguardando un descuido o una locura en los bodegones de las potencias militares.

No puede ser llevado al extremo de que nos dé lo mismo que haya en el mundo más de 640 millones de armas pequeñas y livianas, tres cuartas partes en manos de civiles, y que esas armas fluyan libres a través de las fronteras. No puede ser llevado al extremo de que seamos indiferentes o cómplices silenciosos cuando se están utilizando armas químicas para matar indiscriminadamente a víctimas inocentes.

El poder de destrucción de las armas convencionales ha probado ser mucho más letal que el de las armas nucleares. ¿Quién dijo que matar a miles, de un golpe, es peor que matar a miles, poco a poco, todos los días? No importa cuán objetiva pretenda ser nuestra educación, no puede ser tan objetiva que permanezca impasible ante este nivel de violencia.

Si las universidades, si las escuelas y los colegios fallan en transmitir la elemental preocupación por la paz, la educación fracasa como instrumento de cambio; fracasa como vía para sanar los dolores de la humanidad. Educar para la paz y con la paz quiere decir reconocer todas estas cosas.

Y quiere decir, además, construir en las aulas el mundo que queremos ver en las calles. Muy a menudo, hay un afán competitivo y violento en nuestras escuelas. Se les permite a los estudiantes una guerra de palabras que es el germen de la guerra con las armas. Se les enserian valores patrióticos que rayan en la xenofobia, y hay un énfasis continuo en retratar al "otro" como el enemigo a vencer. Se les educa en un mundo dividido por fronteras y nacionalidades, cuyo avance histórico sólo se mide en triunfos bélicos y campañas militares. En ningún lugar es esto más claro que en Latinoamérica, en donde los estudiantes son más capaces de narrar las glorias de caudillos tropicales, que la vida de los luchadores por la paz mundial. Y esto es preocupante porque si hacemos de la paz una asignación extracurricular, acabará por ser una actitud extracurricular, una rareza de los bohemios y los soñadores, y no la misión de los académicos y los doctores.

Nuestros jóvenes necesitan comprender el valor de su libertad y la de sus vecinos. Deben entender cuán inmensa es su capacidad de transformar el curso de las cosas. Deben aceptar, aunque les cueste, que son responsables por el ejercicio de cualquier derecho o prerrogativa que les haya sido concedida, y que en el ejercicio de esa libertad, pueden cambiar el mundo para bien o para mal/Libertad y Pedagogía es el segundo tema de mi exposición.

Encontrar un equilibrio entre educación y libertad es, quizás, uno de los más antiguos dilemas de la enseñanza. Es la tensión entre el adiestramiento y la ilustración; entre la memoria y la imaginación, que se mueve como un péndulo en las diversas etapas de la historia pedagógica.  Esta mañana quiero decirles que una educación para la paz, sólo puede ser una educación para la libertad; sólo puede ser una educación creativa en el más amplio sentido de la palabra.

Los regímenes totalitarios han sido siempre excelentes adiestradores, pero nunca han educado para la libertad. En un mundo en donde las generaciones más jóvenes dominan herramientas que nosotros ni siquiera alcanzamos a comprender. En un mundo en donde se produce más conocimiento en cinco años que en toda la historia de la humanidad. En un mundo en donde un reproductor de música de 10 centímetros contiene tecnologías más complejas que las que pusieron a un hombre en la Luna, nuestros estudiantes necesitan dirección más que información, discernimiento más que adiestramiento. Necesitan comprender su capacidad de transformación y ejercer esa capacidad.

Esta mañana les digo: no hay que tenerle miedo a la libertad. No hay que tenerle miedo a ese galope creativo que destruye a su paso los dogmas y los prejuicios. No hay que tenerle miedo aunque demuela las paredes del pensamiento antiguo; aunque revuelva el polvo de las tradiciones que han permanecido intocables durante siglos. En verdad les digo que un mundo mejor no está escondido en los archivos; no vendrá del acervo de costumbres que en el pasado nos han llevado, una y otra vez, al borde del abismo. Un mundo mejor vendrá de la imaginación.

Vendrá del germen sempervirente del ingenio humano. Hay que confiar en ese germen. Hay que poner en él toda la esperanza que hemos rescatado de las fauces de la frustración. Hay que creer que el futuro es nuestra más conmovedora oportunidad y que depende, enteramente, de la libertad que les demos a nuestros pueblos, y a nuestros estudiantes, para rectificar el rumbo.

Un último tema me resta por mencionar, y es la imperiosa necesidad de enseñar en nuestros currículos la importancia de la democracia. Antes que colombianos o panameños; antes que japoneses o indios; antes que sudafricanos o congoleses; antes que alemanes o ingleses, nuestros estudiantes deben ser ciudadanos.

Si hemos de forjar estudiantes ciudadanos; si hemos de crear una verdadera conciencia política en nuestra sociedad, hay que empezar por construir una cultura de Democracia y Pedagogía. Hay que empezar por enseñarles a nuestros jóvenes el valor de la negociación y de la diplomacia, que no es otra cosa más que el camino de la democracia. Hay que empezar por enseñarles aquello que alguna vez dijera Jorge Debravo, el más grande poeta de mi pueblo, que "la paz no es una medalla / la paz es una tierra esclavizada / y tenernos que ir a libertarla". Todos los días. En todas las horas. En cada lección y en cada asignatura. Siempre he creído que la inmensa mayoría de los conflictos que vive la humanidad pueden y deben ser resueltos mediante la negociación y la diplomacia, y que el uso de la fuerza debe ser el último, siempre el último recurso. Hay quienes consideran que las negociaciones de paz son una expresión de ingenuidad, que no hay acuerdo posible con los agresores y que la única salida realista es apostarle al exterminio de las fuerzas enemigas. Hay quienes creen que es un error extender la mano a grupos que han incumplido acuerdos alcanzados en el pasado. Hay quienes sostienen que un cese al fuego sólo es deseable bajo ciertas condiciones. Yo entiendo su posición.

Entiendo su temor a tranzar con bandos que, durante décadas, han teñido de luto a un país entero. Entiendo que es difícil vislumbrar un puente que acerque dos posiciones tan dramáticamente opuestas. Pero yo les aseguro que no son los primeros, y probablemente no serán los últimos, en sentirse de esa manera. Todo conflicto armado que ha sido resuelto a través de la negociación y la diplomacia se encontró, en algún momento, exactamente donde se encuentra hoy Colombia, vacilando entre el respaldo y el recelo. Hoy quiero decirles, con todo el poder de mi convicción, que la paz es preferible a cualquier alternativa.

Ustedes saben que lo digo desde la experiencia. Las heridas del pueblo colombiano no difieren tanto de las que sufría Nicaragua en la década de los ochenta. Las dificultades para la firma de un acuerdo de paz duradero no son tan distintas de las que enfrentamos en el proceso de paz centroamericano. En toda negociación habrá siempre diferencias, y no pretendo ignorar las particularidades del conflicto colombiano. Sólo quiero insistir en que hay lecciones que no deberíamos tener que aprender cada vez que nos sentamos a dialogar y que pueden alentar la negociación de la paz en Colombia: el cese al fuego como objetivo máximo e indiscutible, a lo largo de todo el proceso.

Resultará tautológico para algunos que insista en que el cese al fuego es el objetivo máximo de una negociación de paz. Pero, en la práctica, muchos actores anteponen otros objetivos e intereses. Cada vez que nos levantamos de la mesa porque la compensación no es suficiente, porque nos indigna la amnistía a los perpetradores, porque objetamos que se otorgue (o no se otorgue) participación política a los grupos subversivos, estamos diciendo que esos objetivos son más importantes que el cese al fuego. Estamos diciendo que la guerra es preferible a ciertas versiones de la paz. Algunos argumentan que se trata de un asunto de confianza: si no se alcanzan ciertas condiciones, no hay garantía de que los actores abandonarán sus prácticas agresivas.

Yo les garantizo que esas discusiones las tuvimos en Centroamérica. Les garantizo que las tuvieron en Irlanda del Norte, en Suráfrica, y en Bosnia y Herzegovina. Y les garantizo también que las han tenido en las infértiles negociaciones de paz en el Medio Oriente, donde siempre han primado otros objetivos por encima del cese al fuego. La diferencia está en la inamovilidad del objetivo. La firmeza en insistir que el fin de todas las hostilidades es más importante que cualquier otra victoria o resultado. El proceso de negociación no es otra cosa más que un esfuerzo por reducir los costos de la paz y aumentar el costo del conflicto, es decir, hacer más fácil un acuerdo y más difícil la prolongación del status quo. El cese al fuego es la forma más eficiente de alterar esa ecuación y elevar el costo del fracaso. En la medida en que no exista un cese al fuego como precondición para  a negociación, el proceso de paz sufre siempre el riesgo de ser secuestrado por episodios de violencia que disuaden a las partes, enfurecen a la opinión pública y minan la confianza de la comunidad internacional en el éxito de las conversaciones.

Como ustedes saben, las cinco repúblicas centroamericanas negociamos el Plan de Paz en contra de la voluntad de las dos superpotencias de la Guerra Fría, que siempre se opusieron a una salida diplomática al conflicto. Francamente dudo que algún actor internacional se atreva ahora a boicotear el proceso de paz en Colombia. Es más, se requerirá de la cooperación internacional para cubrir los costos de implementación de un eventual acuerdo. Pero el apoyo de la comunidad internacional está condicionado a que las partes puedan demostrar que son capaces de dejar de agredirse. Un cese al fuego es fundamental para inclinar la balanza decisivamente a favor de una paz duradera.

Es claro que no hay una única respuesta para alcanzar una paz duradera. En esto, como en cualquier empresa humana, carecemos de recetas infalibles. La paz es un impulso dinámico, vivo en el más enérgico sentido de la palabra, y por eso es inconcluso y progresivo. La paz no es la obra de héroes ni titanes, sino de hombres y mujeres imperfectos, luchando en tiempos difíciles, por un resultado incierto.

Para arrojar luz sobre el conflicto colombiano se requiere de la voluntad para hacer concesiones. Me refiero a lo que en inglés se dice compromise y que, contrario a lo que uno intuye, difiere de la palabra //compromiso// en castellano. Compromising implica la capacidad de deponer posturas, de modificar posiciones, de ser flexible en los objetivos intermedios a fin de alcanzar el objetivo último. Hacer concesiones puede ser doloroso y políticamente problemático. La opinión pública tiende a estar en contra de ceder terreno frente al adversario. Con demasiada frecuencia, las negociaciones se plantean como juegos de suma cero, en donde una parte gana y otra pierde la totalidad del botín. En la realidad, un proceso de paz sólo puede ser exitoso en la medida en que ambos bandos ganen y ambos bandos pierdan. Quiero enfatizar esto: la única paz posible es una paz con concesiones.

Esto es importante porque, si queremos respaldar el proceso de negociación, debemos respaldar también las decisiones que adoptan y las concesiones que acuerdan los representantes de ambas partes. Esto requiere de mucha madurez y sobriedad de carácter. Requiere de la capacidad de abandonar una idea inalcanzable a cambio de una realidad factible. Requiere de un cambio de paradigma: en lugar de enfocarnos en lo máximo que quisiéramos obtener, debemos enfocarnos en lo mínimo que podernos aceptar.  Quizás la concesión más difícil sea la relativa al balance entre la justicia y el perdón. Ambos valores resuenan en el diapasón de nuestro espíritu. Ambos valores han sido grabados en monumentos y frontispicios, en constituciones y discursos. Ambos valores son fundamentales para la vida en sociedad. Sin embargo, todo negociador de paz sabe que un acuerdo implica un equilibrio entre el reconocimiento a los horrores cometidos y el señalamiento de los responsables, y el riesgo de que el impulso por otorgar castigo se convierta en un obstáculo para lograr el fin de la guerra. Por duro que parezca, una sociedad en guerra eventualmente debe elegir entre sancionar el pasado o habilitar el futuro. Siempre habrá quienes digan que la impunidad es incompatible con la paz. Y llevan algo de razón.

Los acuerdos de paz que se han registrado en la historia combinan, en distintas proporciones, un grado de sanción con un grado de amnistía. El punto es que cierto grado de perdón es intrínseco al proceso de negociación, por el solo hecho de que es irracional pedirle a un actor que acceda a condiciones que únicamente lo perjudican. Este es el punto central en materia de apoyo popular y el área en que la tarea de persuasión es más delicada. Repito que únicamente los colombianos pueden decidir cuáles condiciones resultan aceptables, pero también creo que hay una labor muy profunda de reflexión que debe anteceder a esa decisión. No quisiera que los esfuerzos de esta negociación, que ha tomado años, naufraguen ante una aspiración de castigo que, con o sin acuerdos de paz, difícilmente será satisfecha. No hay nada más legítimo que la ira que ocasiona la muerte de inocentes. No hay nada más genuino que el dolor de cientos de miles de víctimas. Hay que encontrar una manera de honrar ese dolor, de responder a esa ira, sin perder la oportunidad de la paz.

Amigas y amigos colombianos, profesores, estudiantes de doctorado, de maestría y de pregrado: La paz, la libertad, la democracia, son obras eternamente inconclusas, libros de tinta siempre fresca en los anales del tiempo. Si la educación no toma la pluma, si ustedes, los miembros de la academia colombiana no empuñan el grafito, perderemos aún más páginas en garabatos violentos, en el galimatías inescrutable de la guerra, del odio y del enfrentamiento, que ha llenado ya demasiados tomos en la historia de este pueblo. Pero si la universidad actúa, si las escuelas y los colegios asumen con mayor vehemencia su papel en la transformación de Colombia, no habrá destino de error para quienes apuesten por el conocimiento con propósito, por la enseñanza que responde a un "para qué". Ése es el reto que tienen pendiente. Es el reto de una mayor educación, pero es ante todo el reto de una mejor educación. De una educación que ponga corazón al pensamiento.

Muchas gracias.

________________________

Descargue en archivo PDF el discurso haciendo clic aquí.
 

Educar para la paz y con la paz. Discurso del expresidente y Premio Nobel de Paz, Óscar Arias, escuela de verano, nobel, paz, educacion, conflicto, cvn, centro virtual de noticias, cvn

Compartir: