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Adiós a Aristóteles
Actualizado el 03 de Mayo de 2006
Compilación Son de Tambora
Adiós a Aristóteles

También en la década de 1970 los latinoamericanos fueron precursores en cuestionar al imperante modelo clásico de comunicación y en proponer su reemplazo. Es decir, aquel que, nacido a fines de los años 40 en Estados Unidos con el esquema de Harold Lasswell ("Quién dice qué en cuál canal a quién y con qué efecto?"), fue refinado y expandido a mediados de los años 60 por Wilbur Schramm y David Berlo ("Fuente-Mensaje-Canal-Receptor-Efecto"). Lo criticaron por percibir la comunicación como un proceso unidireccional (monológico) y vertical (impositivo) de transmisión de mensajes de fuentes activas a receptores pasivos sobre cuya conducta ellas ejercen así presión persuasiva para asegurar el logro de los efectos que buscan. Objetándolo por mecanicista, autoritario y conservador, varios comunicólogos de la región emprendieron, paulatina pero resuelta y creativamente, el diseño de lineamientos básicos para la construcción de un modelo diferente. O sea, que se pusieron a repensar la naturaleza del fenómeno de la comunicación en función de su realidad económica, social, política y cultural.

El impulso crítico precursor lo dió en 1963, sucinta pero sustantivamente, el venezolano Antonio Pasquali. En 1969 el pedagogo brasileño Paulo Freire, también en forma breve pero enjundiosa, criticó desde el exilio en Chile al modelo clásico en su versión de "extensión agrícola". Y entre 1972 y 1973 el estadounidense Frank Gerace hizo, desde Bolivia y Perú, el primer intento de extrapolar el pensamiento freiriano sobre "educación para la libertad" por medio de la "concientización" basada en el diálogo forjador de la "comunicación horizontal". Así se fue constituyendo el núcleo generador de la propuesta para la democratización de la comunicación, cuyos adelantados fueron el paraguayo Juan Díaz Bordenave, el español de larga residencia en Latinoamérica Francisco Gutiérrez, la argentina María Cristina Matta y el brasileño Joao Bosco Pinto.

Al promediar la década apuntalaron ejemplarmente el emprendimiento, entre otros, el uruguayo Mario Kaplún y el argentino Daniel Prieto. Cerca del término de ella el peruano Rafael Roncagliolo y el chileno Fernando Reyes Matta entraron también en la lid con brío, haciendo valiosos aportes a la construcción de nuevos modelos. El argentino Máximo Simpson estipuló como características de la "comunicación alternativa" - también llamada "dialógica", "popular" y "participatoria" - a las siguientes: (1) acceso amplio de los sectores sociales a los sistemas; (2) propiedad social de los medios; (3) contenidos favorables a la transformación social; (4) flujos horizontales y multidireccionales de comunicación; y (5) producción artesanal de los mensajes.

Y en 1980, recapitulando las críticas y procurando conjugar las propuestas, esbocé lineamientos para la formulación de un "modelo de comunicación horizontal" cifrado en el acceso, el diálogo y la participación entendidos como factores interdependientes. Para enmarcar mi esquema formulé esta definición general: "La comunicación es el proceso de interacción social democrática que se basa sobre el intercambio de símbolos por los cuales los seres humanos comparten voluntariamente sus experiencias bajo condiciones de acceso libre e igualitario, diálogo y participación". Y apoyándome en esta definición y en los lineamientos que había trazado en 1973 para un nuevo modelo de desarrollo propuse esta conceptualización específica:

"La comunicación alternativa para el desarrollo democrático es la expansión y el equilibro en el acceso de la gente al proceso de comunicación y en su participación en el mismo empleando los medios - masivos, interpersonales y mixtos - para asegurar, además del avance tecnológico y del bienestar material, la justicia social, la libertad para todos y el gobierno de la mayoría".

Otro emprendimiento significativo de los comunicadores latinoamericanos, principalmente a partir de la década del 70, fue el de la constitución de agrupaciones profesionales como la Asociación Latinoamericana de Escuelas Radiofónicas (ALER), que vino a sumarse a las ya existentes organizaciones católicas de prensa y medios audiovisuales. Nacieron también la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC) antecedida por el precursor Instituto de Investigación de la Comunicación (ININCO) en Venezuela. Y algo después, sumándose al CIESPAL ya existente en Ecuador, surgiría también la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación (FELAFACS), las que ahora pasan del millar. Además se crearon primero en México, el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET) y más tarde en Perú el Instituto para América Latina (IPAL) y el CENECA en Chile, entre otras entidades. Todas esas agrupaciones se comprometieron a fondo con el ideal de la democratización de la comunicación y del desarrollo.

Y corresponde también anotar que, desde el comienzo de los 70, prosperó en la región el análisis crítico general de la investigación en comunicación en práctica en la región bajo modelos foráneos. En general, las premisas, los objetos y los métodos de investigación propios de esos modelos fueron objetados por varias consideraciones de orden académico y político. Se procuró, con impulso inicial del dinámico e integrador CIESPAL, investigar "sin anteojeras".Y, en particular, como en el caso del modelo de difusión de innovaciones como eje para el desarrollo, hubo algunos latinoamericanos que formularon severas críticas al mismo y advirtieron que no se compaginaba con las realidades de la región. Así surgió el movimiento académico que su analista e historiador, el sobresaliente comunicólogo brasileño José Marques de Melo, llamaría la "Escuela Critica Latinoamericana".

Por último, cabe indicar que igualmente entonces comenzaron a aumentar y a mejorar las revistas científicas latinoamericanas sobre comunicación.

La espantosa "década perdida"

Al despuntar la década de 1980 irrumpieron en la escena del ejercicio del poder el neoliberalismo y la globalización que llegarían a cambiar en poco tiempo las bases estructurales de la economía, de la política, de la cultura y de la comunicación en el mundo. Y una vez más las naciones gestoras de aquellos fenómenos prometieron a las demás la aurora del desarrollo universal. Entre 1981 y 1983, empero, la peor recesión desde la histórica "Gran Depresión" afectó a los países desarrollados y tuvo consecuencias devastadoras para los subdesarrollados.

La tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto de Latinoamérica que había sido de 5.5 para el período de 1950 a 1980 se desplomó en 1982 hasta el nivel de -0.9% y el Producto per Cápita bajó en ese mismo año en más de 3%. Y la deuda externa, que en 1975 había sido de 67 billones de dólares saltó entonces a 300 billones e iría a llegar en 1989 a la colosal cifra de 416 mil millones de dólares. Entre el principio y el final del trágico decenio la participación de la región en el mercado internacional descendería del 7% al 4% y el volumen de la inversión extranjera lo haría del 12.3% al 5.8%.

La honda y demoledora crisis dió por tierra con cualquier expectativa de desarrollo y sumió a la región en las graves consecuencias del aumento de los índices de desempleo y de la consiguiente exacerbación de la miseria, así como de una gran fuga de capitales al exterior y del aumento de las barreras proteccionistas. Y las inversiones en sectores sociales como los de salud y educación fueron recortadas.

No fue, pues, en vano que la de 1980 vino a ser conocida como la "década perdida". Y paradójicamente esto coincidió con la restitución del gobierno democrático en los países de la región que habían sido asolados por largas y brutales dictaduras adictas al modelo clásico foráneo de desarrollo. La voluntad de reconstrucción democrática se vio así privada de fondos para materializarse, pues hasta la asistencia externa al desarrollo fue disminuida.

En suma, el debut del modelo del mercado en sustitución del modelo del Estado fue catastrófico en Latinoamérica, habiendo generado no sólo estancamiento sino regresión en los programas para el desarrollo. Y, por supuesto, las minorías dominantes pasaron la factura por el colapso a las mayorías dominadas.

A mediados de la década, Max-Neef y otros analistas internacionales estudiaron la ejecutoria inicial del neoliberalismo en Latinoamérica y llegaron a esta conclusión: "... a diferencia del desarrollismo, el neo-liberalismo ha fracasado en un período mucho más breve y de manera más estrepitosa."

Banderas en alto

Desalentada por el fracaso en la lucha por las políticas de comunicación y por un nuevo orden mundial de la información y la comunicación, la combatividad intelectual latinoamericana por la democratización de la comunicación vio algo menguado su brío en el primer tercio de la década del 80. Pero, a diferencia de lo ocurrido en cuanto al desarrollo, esa década no fue perdida ni en la reflexión ni en la acción de los comunicadores latinoamericanos que permanecieron batallando por el ideal del cambio estructural en pos de la equidad y la libertad. Hubo, por una parte, apreciables aportes a la literatura del ramo y surgieron nuevos horizontes conceptuales en tanto que se mantuvieron muy activos los ejercicios de comunicación alternativa para el desarrollo democrático.

Al inicio de la década se produjeron valiosos empeños de compilación de la literatura regional sobre comunicación para el desarrollo democrático a cargo del brasileño José Marques de Melo en la jurisdicción de Brasil, del argentino Máximo Simpson a escala regional y de Elizabeth Fox, estadounidense, y Héctor Schmucler, argentino, también en la esfera latinoamericana. A mediados de la década el peruano Rafael Roncagliolo hizo lo propio en dicho territorio. Y al finalizar la década, Marques de Melo iría a aportar otra compilación, esta vez de alcance regional.

A lo largo del primer quinquenio no pocos de los autores de textos de la histórica década del 70 continuaron activos en la producción de documentos. Juan Díaz Bordenave se destacó con trabajos sobre temas como estos: teoría y práctica de la democratización de la comunicación; principios de comunicación para el desarrollo rural, poniendo énfasis en el cambio de la extensión agrícola a la participación campesina; y participación del pueblo en la comunicación y en el desarrollo. Además de proponer la pedagogía del lenguaje total, Francisco Gutiérrez se ocupó de la relación entre democracia y participación y, en asocio con Daniel Prieto, planteó la mediación pedagógica como forma de educación alternativa a distancia. Marques de Melo escribió sobre la democracia y la comunicación en la región especialmente en términos de un planteamiento de la propuesta de políticas nacionales de comunicación. También Rafael Roncagliolo siguió haciendo aportes al estudio de la relación de la comunicación con la democracia y con el desarrollo. Fernando Reyes Matta se concentró en las búsquedas democráticas y la comunicación alternativa. El economista colombiano Antonio García lo hizo analizando comparativamente la comunicación para la dependencia con la comunicación para el desarrollo libre y democrático. Y, para dar sólo un ejemplo más, el autor del presente ensayo siguió también haciendo entonces contribuciones a esta temática.

Poco después de mediados de la década el comunicólogo español radicado en Colombia Jesús Martín-Barbero había abierto un surco de renovación en el pensamiento académico latinoamericano sobre la comunicación popular y su nexo con el desarrollo que pronto iría a probarse muy fértil e influyente. Propuso un nuevo enfoque analítico de los medios de comunicación en sociedades como las de Latinoamérica, especialmente en relación con la modernidad. Sostuvo que la comunicación es un fenómeno más de mediaciones que de medios, una cuestión de cultura, y propuso que, por tanto, había que verla también desde el ángulo de la recepción de mensajes en vez de hacerlo sólo desde el de la emisión de ellos. "Y estamos descubriendo estos últimos años - acotó - que lo popular no habla únicamente desde las culturas indígenas o las campesinas, sino también desde la trama espesa de los mestizajes y las deformaciones de lo urbano, lo masivo". El original planteamiento tuvo amplia resonancia en la investigación sobre comunicación en la región y generaría en ella una sustantiva línea de estudios.

La década de 1990 fue rica, especialmente en los países andinos, en creativas reflexiones sobre la comunicación relativa al desarrollo. La abrió otra contribución a la reflexión por el precursor venezolano Antonio Pasquali con su obra El Orden Reina dedicada a explorar las posibilidades de respuesta de los latinoamericanos a la agravada situación de la comunicación por el exponencial aumento del poderío tecnológico y económico de Estados Unidos de América y otras naciones altamente desarrolladas. En 1992 Javier Esteinou Madrid hizo en México penetrantes análisis de los procesos de comunicación en Latinoamérica en los tiempos del libre mercado. Y en ese mismo año Washington Uranga aportó precursoras propuestas para el uso de las nuevas tecnologías.

A fines del primer tercio del período Rosa María Alfaro, sobresaliente seguidora del enfoque de Jesús Martín -Barbero, publicó en su país, Perú, una efectiva propuesta de "una comunicación para otro desarrollo" que percibió a éste como un fenómeno de relación sociocultural y no nada mas que como un recurso tecnológico para producir efectos en el comportamiento humano, además de considerarla válida por sí misma y no simplemente como un complemento de los programas de desarrollo. Coetáneamente y coincidentemente Ivonne Cevallos, también en algún grado identificada con Martín-Barbero, propuso en Ecuador que se viera a la comunicación no meramente como factor instrumental sino también como agente de mediación.

A mediados de la década otro admirador más de las ideas de Martín-Barbero, Segundo Armas Castañeda, propuso en Perú revalorizar la virtud estratégica de la comunicación en el proceso del desarrollo contribuyendo a construir ciudadanía y fomentando la participación protagónica del pueblo.

Cerca de fines de la década los comunicólogos colombianos José Miguel Pereira, Jorge Iván Bonilla y Julio Eduardo Benavidez propusieron que, sin perjuicio de su función de apoyo a los programas de desarrollo, la comunicación cumpliera también otros papeles como el de fortalecer la capacidad expresiva de la gente y el de facilitar los enlaces e intercambios entre individuos y agrupaciones para robustecer el tejido social en su integridad. Y otro estudioso colombiano, Carlos Cortés, hizo al mismo tiempo un perceptivo inventario de la comunicación para el desarrollo en la región. También entonces Migdalia Pineda de Alcázar hizo notar en Venezuela que ante la irrupción de las nuevas tecnologías telemáticas de comunicación el desequilibrio informativo, internacional e intranacional, se había expandido e intensificado al punto de agrandar la brecha del subdesarrollo y obligar a reformular políticas de comunicación democrática desde la perspectiva de la población marginada.

En 1998 Colin Fraser, ex-Director de Comunicación de la FAO en Roma, y la comunicóloga colombiana Sonia Restrepo-Estrada publicaron en Londres una sustancial obra sobre la comunicación y el desarrollo en el mundo, subrayando la necesidad del cambio de conducta para asegurar la sobrevivencia. El volúmen comenzó con una introducción conceptual que destacaba el papel de la comunicación en la participación democrática para lograr aquel cambio. Presentó luego bien fundadas y amenas descripciones analíticas de cinco casos, uno de escala mundial, sobre el nacimiento de la estrategia de movilización social para la inmunización con apoyo de comunicación, y los demás de escala nacional, sobre desarrollo rural, sobre comunicación para la planificación familiar y sobre usos creativos de la radio para generar cambios en la sociedad. Entre ellos subrayaron el precursor ejercicio de Radio Sutatenza de Colombia. Pero dedicaron la mayor atención al caso mexicano del ambicioso Programa de Desarrollo Rural Integrado del Trópico Húmedo que favorecía la creación de pequeñas o medianas empresas con participación comunitaria y que fue apuntalado por un sistema de comunicación identificado por la sigla PRODERITH. Sustentado en lo financiero por el Banco Mundial y apoyado por asistencia técnica de la FAO, este sistema operó desde 1978 hasta 1995. Dio énfasis a la comunicación participativa interpersonal (individual y en grupos) auxiliada principalmente por el uso del video por medio de unidades de campo que atendieron a 35.000 familias.

Al terminar la década, el periodista ecuatoriano Gonzalo Ortiz Crespo produjo en Ecuador una reseña reflexiva de la situación de la comunicación en Latinoamérica en términos de la influencia de la globalización sobre los medios, otro examen útil para repensar el papel de ellos en el desarrollo. Y simultáneamente el comunicador boliviano Alexis Aillón Valverde esbozó desde Ecuador una nueva perspectiva del papel de la comunicación para el desarrollo como instrumento de "control cultural" entendido como la capacidad de las personas para resistir, por influencia de su entorno social, la imposición de una cultura ajena a la suya.

En 2002 un par de destacados periodistas y comunicólogos hicieron, por encargo de la Oficina de Unesco para Centro América y Panamá, recuentos analíticos de dos áreas temáticas que ella cultivó recientemente con prioridad. Uno fue el realizado por la especialista colombiana en comunicación cívica Ana María Miralles Castellanos de las actividades de la Unesco en materia de comunicación para el desarrollo urbano. Y el otro estuvo a cargo del especialista boliviano en comunicación y política José Luis Exeni que se ocupó de las operaciones de dicho organismo internacional en pro de comunicación para una cultura de paz. Ambas recapitulaciones sumarias forman parte de la colección "Vox Civis" que publican en cooperación Unesco y Radio Nederland.

Rosa María Alfaro publicó en 2004 un balance crítico de las culturas populares y la comunicación participativa que desembocó en una propuesta para efectuar ajustes y reorientaciones acordes con los cambios económicos y políticos de los últimos tiempos. En ese mismo año Néstor García Canclini señaló un cambio de agenda en las industrias culturales, advirtió la subordinación de los productos culturales, nacionales y locales, a una reorganización transnacional, y plantó luego la noción de que la defensa de la diversidad cultural constituye el eje del proyecto de la sociedad del conocimiento. Al mismo tiempo Guillermo Mastrini pasó revista detenida al estado de la economía política de las industrias culturales de su país, Argentina, al influjo de la economía neoliberal. Verificó la creciente concentración de la propiedad de los medios en manos de unos pocos que dominan los mercados en tanto que el Estado carece de la resolución y el vigor necesarios para instaurar políticas culturales. En ese mismo año, César Bolaño y Valerio Brittos analizaron la situación de las políticas de comunicación en el gobierno de Lula hallando que, si bien éste mostraba una posición sobre ellas más adecuada que la del régimen anterior, no parecía comprometerse aún con la formulación de la política nacional de comunicación que hace falta.

Igualmente en 2004 el especialista argentino en comunicación para el desarrollo rural Gustavo Cimadevilla dedicó entonces un libro a criticar la razón intervencionista en materia de desarrollo sustentable y a señalar los desafíos que la comunicación enfrenta para poder apuntalar al mismo.

En el ya feneciente primer quinquenio del nuevo siglo la producción de literatura del ramo ha tenido una continuidad tal vez no intensa, pero significativa. Ilustra ello el caso de Bolivia, en la que se han dado algunas contribuciones importantes en tal período. Se destaca entre ellas un libro del 2002 de Teresa Flores Bedregal sobre la comunicación para el desarrollo sostenible que define las funciones de ésta en tal proceso principalmente en estos términos: (1) promoverlo en sus múltiples dimensiones y a diversos niveles; (2) propiciar una nueva ética de equidad y respeto al medio ambiente, a la diversidad biológica y cultural y a los derechos humanos, especialmente en el caso de las minorías; (3) servir como vehículo de expresión y participación social y política de los ciudadanos; (4) ser instrumento para el diagnóstico y la solución de los problemas locales de comunidades; (5) potenciar el empleo de canales locales de comunicación y propiciar el uso de las nuevas tecnologías por los grupos sociales mas desfavorecidos; y (6) contribuir a la articulación de los procesos comunicativos en la planificación de programas de desarrollo. El prologuista Juan Díaz Bordenave pronosticó que este libro "será recibido con entusiasmo por las escuelas de comunicación del Tercer Mundo". Otra de dichas contribuciones bolivianas, también en el 2002, fue una nueva percepción de la comunicación para el cambio social por José Luis Aguirre Alvis "desde la realidad de la multiplicidad (cultural) y la diferencia". Luego, en 2003, Carlos Camacho reflexionó sobre el derecho a la información como práctica de formación y desarrollo de la "ciudadanía comunicativa", concepto sobre el que propuso un modelo. Un cuarto aporte, en 2005, fue un examen de Alfonso Gumucio Dagrón de la diferencia universal entre "los de arriba" y "los de abajo" en cuanto al derecho a la información y al derecho a la comunicación. Y en materia de "radio del pueblo" Karina Herrera Miller analizó la situación de las tres emisoras mineras sobrevivientes en Bolivia en tanto que Carlos Arroyo se ocupó, por inversa, de las emisoras comunitarias aimaras de reciente nacimiento, estudios ambos de 2005 también.

Y al final de aquel lustro el comunicólogo español Alejandro Barranquero publicó en Bolivia un documentado y perceptivo ensayo sobre el papel de Latinoamérica en la reflexión y en la práctica de la comunicación para el desarrollo a lo largo de medio siglo, prestando especial atención a la "conformación de un modelo propio, contra-hegemónico y crítico, con respecto a las perspectivas académicas dominantes (principalmente, norteamericanas)."

"Comunicación para el cambio social"

En el presente primer quinquenio del tercer siglo de la humanidad la fe en las virtudes de la comunicación para promover la construcción del desarrollo democrático se mantiene en pie en Latinoamérica, en cierto grado y en algún modo, tanto en la práctica operativa como en la teorización profesional. Sucede ésto pese a que la gran mayoría de los gobiernos aun no la entiende a cabalidad ni la aprovecha plenamente y a que, lamentablemente, se la enseña apenas en un puñado del millar de facultades de comunicación con que cuenta hoy la región.

Al apoyo técnico y financiero que brindan para comunicación educativa algunos organismos gubernamentales, nacionales e internacionales, y unos cuantos organismos no gubernamentales comprometidos con el desarrollo se suma excepcionalmente el de algunas fundaciones, públicas y privadas. Entre estas últimas, confirmando una vieja tradición suya de servicio, se destaca la Fundación Rockefeller, con sede en la ciudad de New York. En 1997 su Departamento de Comunicación, dirigido por Denise Gray-Felder, comenzó a propiciar - a partir de una reunión en Bellagio, Italia - amplia e intensamente en el mundo la "comunicación para el cambio social" entendiendo por tal en principio "un proceso de diálogo, privado y público, a través del cual los participantes deciden quiénes son, qué quieren y cómo pueden obtenerlo." De este concepto surge el planteamiento de que las comunidades deben ser actoras protagónicas de su propio desarrollo, de que la comunicación no debe ser necesariamente sinónimo de persuasión sino primordialmente mecanismo de diálogo horizontal e intercambio participativo y que, en vez de centrarse en forjar conductas individuales debe hacerlo en los comportamientos sociales condicentes con los valores y las normas de las comunidades.

En 2003 la Fundación Rockefeller, en alianza principalmente con Communication Initiative y Panos London, propició el establecimiento de una entidad independiente para dar proyección universal e impacto mayor a las tareas promotivas del nuevo enfoque de la comunicación para el desarrollo. Ella se llama Consorcio de Comunicación para el Cambio Social y tiene su sede en la ciudad de New York, desde donde brinda sus servicios a países de Africa, Asia y América Latina. Se trata de una red mundial de profesionales de la práctica, la investigación y la docencia de comunicación que ayuda a forjar la capacidad de comunidades marginalizadas para crear y manejar procesos de mejoramiento de su vida al cobijo de la democracia, la equidad y la tolerancia.

Director Ejecutivo de sus programas operativos, con sede en Brasil, es Alfonso Gumucio, comunicador boliviano de larga y productiva trayectoria en países africanos, asiáticos y latinoamericanos al servicio de varios organismos internacionales. El produjo para la Rockefeller en 2001 un estudio titulado Haciendo Olas, que recogió medio centenar de testimonios de experiencias de comunicación alternativa para el cambio social en varios países de Latinoamérica, Asia y África. Y en los años recientes ha publicado artículos en revistas y presentado ponencias en congresos y seminarios explicando y promoviendo la comunicación para el cambio social.

El consorcio organizó, además, en 2004 en Bellagio, Italia, una reunión de consulta a expertos de diversos países para hacer una selección preliminar de artículos principales sobre comunicación para el desarrollo publicados a lo largo de medio siglo en distintos idiomas. A la fecha está entregando a imprenta los manuscritos finalmente escogidos para integrar una compilación en libro. Y, por otra parte, apoya al robustecimiento de las Facultades de Comunicación de algunos países de la región con miras al establecimiento de programas de postgrado en el ramo de comunicación para el cambio social.

La utopía irrenunciable

Pese a las aspiraciones frustradas y a los contrastes sufridos, los comunicadores latinoamericanos comprometidos con la construcción de una nueva sociedad no han alzado las manos para abdicar de sus ideales. Resulta imposible reseñar aquí, ni siquiera en la forma más sintética, lo que han venido haciendo en las décadas del 80 y del 90 para mantenerse en pie de combate pese al nuevo contexto económico, político y tecnológico abrumadoramente contrario al cambio estructural pro democracia real y embelesado por las promesas de la llamada Sociedad de la Información.

Ellos bien saben que la situación de la gran mayoría de sus conciudadanos es hoy más deplorable que la de los años del 70, que el desarrollo democrático no ha ocurrido, que la dominación interna sigue perpetrándose y que la dependencia externa es mucho mayor que nunca antes. Y son muy conscientes de que ese empeoramiento abarca también, y en grande y creciente medida, a la situación de la comunicación. "Estamos, afirma - por ejemplo - el comunicólogo boliviano de larga trayectoria internacional Alfonso Gumucio, peor en muchos sentidos: la concentración de medios en pocas manos es mayor que antes, la privatización de las frecuencias y de los medios del Estado ha eliminado casi completamente a la radio y la televisión de servicio público. Por influencia de las grandes empresas multinacionales ya no se discute la información como un hecho cultural y social sino como un hecho de mercado."

Esos consorcios mercantiles transnacionales dominan, en efecto, hoy mucho más que nunca el negocio publicitario y el flujo noticioso. Y los países desarrollados, Estados Unidos de América, los de la Unión Europea y Japón, controlan el 90% de la producción de bienes y servicios informativos electrónicos del mundo. Un poco más de la mitad de los 550 millones de computadoras que hay en él están en Estados Unidos, Japón, Alemania, Inglaterra y Francia. A estos mismos países corresponde algo más de dos tercios del total mundial de usuarios del internet que llega a 320 millones. Y mientras Estados Unidos de América cuenta con el 57% del total mundial de "internautas", Latinoamérica sólo cuenta con el 1%. En resumen, en vista de la presencia de la nueva tecnología telemática, la brecha de comunicación entre países desarrollados y subdesarrollados se ha agigantado colosalmente.

La prédica crítica de varios latinoamericanos es, pues, inclusive más válida hoy que otrora. Por tanto, no están dispuestos a renunciar a la utopía justiciera y siguen luchando con fe y con denuedo con las armas de la teoría y de la práctica en medio de un mar de conformismo con el status quo caracterizado por la adscripción al mercantilismo y al tecnologismo ciegos propios de la era neoliberal y globalizante.
Así lo muestran reflexiones relativamente recientes en libros, revistas e informes, en particular en países como Perú, Colombia, Venezuela, México, Brasil, Argentina y Bolivia. Y así lo corroboran pronunciamientos realizados en varias reuniones profesionales, cuando menos desde la mitad de la década del 80 hasta el arranque del nuevo siglo.

Veamos sólo tres de ellos:

* Declaración de Lima (IPAL, 1990): "Hoy más que ayer, con énfasis sobre la práctica antes que sobre la retórica, hay que procurar una Nueva Comunicación, sin mitificar formas y slogans ni desconocer los cambios, pero sin renunciar al ideal supremo de una comunicación libre de intereses económicos y políticos, y a la vez participatoria, sujeta a criterios de solidaridad y justicia".

* Declaración de La Paz (OCIC-AL, UNDA-AL, UCLAP, 1992): "Democratizar la comunicación es un objetivo que hoy queremos reafirmar ... La comunicación subordinada a las reglas del mercado desaloja al hombre como protagonista central del diálogo, de la solidaridad y de la decisión autónoma de su porvenir. La incomunicación es mayor pese a que aumenta el número de medios y de consumidores ..."

* Declaración de la Conferencia sobre Nuevos Escenarios y Tendencias de la Comunicación en el Umbral del Tercer Milenio (Quito 2001): "...La convergencia entre sociedad de mercado y racionalidad tecnológica disocia la sociedad en sociedades paralelas: la de los conectados a una infinita oferta de bienes y saberes y la de los excluídos tanto de los bienes como de la capacidad de decisión y del ejercicio del poder..."

Y escuchemos nada más que a dos distinguidos comunicadores:

* Carlos Valle (Argentina, 1990): "La comunicación es uno de los temas decisivos para la década del 90 y para el futuro de la humanidad. Nos puede llevar a la reconciliación o a la destrucción (...) La creciente brecha entre ricos y pobres continúa ensanchándose. Los medios de comunicación siguen multiplicándose y gozando de un desarrollo tecnológico sin precedentes, mientras miramos azorados a la concentración de su poder en escasas manos (...)"

* Antonio Pasquali (Venezuela, 1990): "En el futuro habrá que ser más realistas, más pragmáticos, más convincentes, concretos, exigentes, tenaces y eficientes. Reconfirmemos solemnemente nuestro propósito de no cesar hasta que a nuestras comunicaciones les llegue la hora de la Democracia, de la Utilidad Social y de la Calidad".

Son de Tambora
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