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LA EDUCACIÓN EN BUENAVENTURA - MEDARDO ARIAS SATIZÁBAL


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Opinión

Llevaba traje completo de dril entre el calor sofocante del Puerto y gafas de aro. Se plantaba delante del colegio en pleno, para empezar su clase de prosodia. El poeta elegido era Epifanio Mejía y el poema, La Muerte del Novillo: "Entre la tierra quejumbroso brama/ el más hermoso de la fértil vega/ blanco novillo de tendidas astas…". Era Diomedes Quiñónez, el rector del Instituto Buenaventura, la escuela que muchos deben estar recordando en el Puerto, como esplendor del pasado, ante el paso avasallador del pragmatismo mercantil.

Es claro que Buenaventura, a la par de muelles comerciales, necesita hoy más educación para sus habitantes, más escuelas y mejores opciones en pesca y turismo.

El Instituto Buenaventura, un plantel que fue modelo en el Pacífico, desapareció. Cada domingo íbamos a misa en perfecta formación: la banda de guerra adelante y el grupo de scouts. El instituto fue el embrión de una familia universal en Colombia: portugueses, chinos, alemanes, holandeses e ingleses hacían parte de sus aulas. Todos los vástagos del cuerpo consular -sí, había cónsules con sus familias en el Puerto- estaban bajo la égida de Diomedes Quiñónez y de su esposa Esther María.

Luego, el arribo al Pascual de Andagoya, el plantel de educación media que por años fue el de más alto nivel académico en Colombia. Por ser Buenaventura una región de ‘clima malsano’, los profesores que iban a enseñar ahí recibían primas extras, los mejores sueldos de la Nación. Ser pascualino era un orgullo que se llevaba por el país. Nuestro equipo de baloncesto derrotó al San Luis, al Berchmans, al Alemán y al de Santa Librada, de Cali. Representó al Valle y muchos de sus integrantes hicieron parte de la Selección Colombia. Todos formados por el notable abogado chocoano Euclides Lozano. En el equipo del Pascual jugaron Luis Bergonzoli, Raúl Cuero, hoy científico de la Nasa, Iván Forbes y Alfonso Hurtado Botet. A sus aulas pertenecieron Óscar Collazos, Yuri Buenaventura y la dinastía científica de los Fong.

Cada profesor era ‘una lumbrera’; el samario Raúl Maiguel, en filosofía; Luis Granja, geografía; Hugo Arroyo, inglés; Ramiro Paz, literatura; Montoyita, en religión; Ospina, francés; Graciano Garcés, biología; Casimiro Almanza, física y trigonometría y Rincón, química. Se decía que los bachilleres del Andagoya salían bilingües y era cierto. Teníamos un laboratorio de idiomas donado por Francia. En su biblioteca, y bajo el consejo de Targelia, leí a muchos clásicos, donados por consulados y embajadas; Twain, Rabelais, Stendhal, Unamuno, Rómulo Gallegos, Poe, Martí, Rubén Darío y Flaubert. Me pregunto si la biblioteca aún existe y si los pascualinos aún llevan como una medalla el orgullo de pertenecer al plantel.

Este es el Buenaventura que me tocó, el que pugnaba por tener los más altos puntajes, por representar bien al Puerto en la Universidad Industrial de Santander, en la del Valle, la Santiago y la del Cauca.

Hoy, cuando me llegan ecos de una ciudad acosada por la delincuencia y el desempleo, pienso en esos tiempos idílicos del Instituto Buenaventura y del Pascual de Andagoya y pregunto si con la expansión de muelles, carreteras, dobles calzadas, etcétera, mi Buenaventura no requiere también una fuerte inversión en la educación de sus niños y jóvenes. El progreso económico debe ir a la par con la educación de la gente, las oportunidades de empleo, vivienda, salud y mejor alimentación.

Le haría bien al Presidente cargarle la mano a la inversión social en el Puerto, la que al cabo de unos años dará resultados seguros. Necesitamos ahora dos o tres institutos Buenaventura y cuatro o cinco planteles parecidos al Pascual de Andagoya de la época dorada.

LA EDUCACIÓN EN BUENAVENTURA;MEDARDO ARIAS SATIZÁBAL